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Muchas
personajes históricos se vieron seducidos por el
ajedrez y alguno de ellos, como Tolstoi, el Che Guevara o Bogart,
llegaron a adquirir un nivel de juego respetable pese a ser sólo unos aficionados. Pero no todas estas
historias han tenido ese denominador común, hay casos
en los que el ajedrez representó una tortura llena de frustraciones,
como lo fue para el genial Jean Jacques Rousseau.
Hablar de la vida de Rousseau podría llevarme varios
artículos, así que me limitaré a hacer una breve
semblanza de su pensamiento. Jean Jacques Rousseau fue
un pensador diferente, un adelantado a su época con una
mente rebosante de ideas originales.
Durante la Revolución imperó el racionalismo, es decir,
cada decisión que se tomaba en la vida debía estar basada
en la razón. Pero Rousseau mostró otra vía de
pensamiento más pasional: el hombre debía guiarse, sobre todo, por el
corazón y el sentimiento. En definitiva, el hombre no
debía olvidar su faceta humana... algo que podría
aplicarse al ajedrez actual, donde se está tendiendo
hacia estilos de juego artificiales bajo la influencia
de los programas. Rousseau siempre se
mostró muy crítico con sociedad
de la ilustración, lo que le granjeó la antipatía de las
autoridades. Pese al acoso del gobierno, Rousseau siempre se mantuvo fiel a sus
ideas que reflejó en multitud de obras.
La
tempestuosa relación de Rousseau con el ajedrez
Rousseau aprendió a jugar al ajedrez a una edad
tardía, a pesar de que él comentaba que lo hizo
durante su juventud. Los datos de la creación del café
de la Regencé, donde acudía a jugar y donde descubrió
el ajedrez, nos dicen que esto debió ocurrir cuando tenía
unos 40 años. El encargado de enseñarle los misterios
del ajedrez fue el señor Bagueret, un aficionado no muy
fuerte que acudía al café. En un principio el maestro
otorgaba torre de ventaja a su pupilo, pero Rousseau
progresó con gran rapidez y al poco tiempo era él el
que daba torre de ventaja a su maestro.
El ajedrez caló profundamente en el espíritu del
pensador, tanto, que llegó a convertirse en una
verdadera obsesión. Su principal propósito era mejorar su juego
y regresar al café de la Regencé en busca de victorias
y laureles. Para ello tomó una decisión drástica, se
compró un juego de ajedrez y una edición del famoso libro de
Gioachino Greco, y se encerró en su habitación a
estudiarlo día y noche. Así estuvo durante la
friolera de 3 meses;
cuando creyó que había comprendido lo que Greco
quería transmitir a través de sus escritos salió de la habitación, demacrado y
pálido, para dirigirse al café... el resultado no fue
el esperado.

A pesar del esfuerzo, el juego de Rousseau no mejoró y
en su regreso al café no se encontró más que con una
derrota tras otra. Para entender su experiencia con el
ajedrez lo mejor es recurrir a sus propias palabras,
extraídas de su libro 'Confesiones': "Al cabo de dos o tres meses de excesivo trabajo y de esfuerzos inimaginables, voy al café, delgado, amarillo y casi atontado. Allí jugué con el señor Bagueret (su maestro): me
ganó una, dos, veinte veces; se habían embrollado tantas combinaciones en mi mente, y mi imaginación se
había ofuscado de tal manera, que no veía más que una nube delante de mí".
Pero esta frustrante experiencia no minó la
determinación de Rousseau, que demostró una gran
tenacidad y volvió a intentar
progresar en el intrincado mundo del ajedrez a través del estudio.
En dos ocasiones más repitió la experiencia de
encerrarse en sus aposentos sólo acompañado de un
tablero y un libro, una con la obra de Philip Stamma y
otra con la de Philidor. En ambos casos obtuvo el mismo nulo
resultado. Al menos se lo tomó con cierto humor: "Cuando me veían salir de mi cuarto, parecía un desenterrado, y de haber seguido así no hubiese permanecido sin enterrar durante mucho tiempo".
Rousseau siempre fue consciente de sus limitaciones y
las asumió muy a su pesar. Todo el esfuerzo
que invirtió no dio el resultado que
pretendía, volvamos a sus confesiones y conozcamos como
vivió esta situación: "Aunque estuviera ejercitándome durante siglos, siempre acabaría por poder dar la torre a Bagueret y nada más".
Tal vez Rousseau se puso unas metas excesivamente altas,
triunfar en el Café de la Regencé estaba reservado
sólo a los más grandes del tablero, no olvidemos que
en aquella época acudían allí los mejores jugadores
del mundo.
En el café
de la Regencé se reunían todo tipo de
intelectuales y políticos. Rousseau solía jugar con
asiduidad con Denis Diderot, al que solía vencer
siempre. Diderot trataba de convencer a su adversario
para que le diese ventaja, a lo que éste siempre se
negaba. Tras la petición Rousseau le solía preguntar: "¿Sufrís
perdiendo?", a lo que Diderot contestaba, "No, pero me defendería mejor y vos
gozaríais más", "Puede ser, pero dejemos las cosas como están".
Parece que el bueno de Rousseau no tenía mucha
confianza en su juego, ya que era muy habitual que en el
café el jugador más fuerte diese algún tipo de
ventaja al más débil.

Luis
Francisco de Borbón-Conti y Denis Diderot
La pasión de Rousseau por el ajedrez y las
visitas al café se vieron interrumpidas en el año 1762, cuando
escribió su polémica obra "Emilio". Las
autoridades confiscaron la mayoría de copias de este
libro y las quemaron frente al Palacio de justicia.
Además se emitió una orden de captura contra él, por
lo que se vio obligado a huir del país para refugiarse
en Suiza.
En 1767 continuó viaje hacia Inglaterra, donde fue acogido por
Luis Francisco de Borbón, príncipe de Conti. Allí
volvió a escribir y su espíritu pudo renacer. El
príncipe de Conti era muy aficionado al ajedrez y le
pidió a su invitado que disputasen una partida.
Rousseau accedió y obtuvo el triunfo, repitiendo
resultado en la revancha... y lo hizo muy a su pesar, ya
que no quería ofender a un personaje tan importante que
le había ofrecido su protección. En 'Ajedrez de
ataque' he publicado una de esas partidas, donde
Rousseau barrió del tablero a su ilustre contrincante: Rousseau
- Conti. También podéis consultar
alguna partida más de Rousseau de las pocas que han llegado hasta
nuestro días: Partidas
de Rousseau.
En 1770 Rousseau pudo volver a París y rápidamente
retomó sus visitas al café de la Regencé... cuando el
virus del ajedrez se mete en tu cuerpo no existe
ningún remedio que pueda detener la 'enfermedad'. Y es que
Rousseau fue un verdadero apasionado del ajedrez, aunque
también lo fue de los juegos de azar donde se podían cruzar
apuestas, eso sí, el ajedrez siempre tuvo un sitio
preferencial: "El ajedrez, en el que no se juega nada, es el único juego que me
entretiene".
Esta
es la historia de la tortuosa relación de Jean Jacques
Rousseau con el ajedrez, la cual a punto estuvo de
costarle la salud, pero que le dio incontables horas de
diversión. Así qué, no os desaniméis si en un
principio os cuesta profundizar en las estrategias del
ajedrez, una mente
clarividente y brillante como la de Rousseau no
consiguió penetrar en sus misterios, pero supo
disfrutar de todo lo bueno que este deporte ofrece.
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